A veces la
mejor forma de abrir los oídos de las personas es con una patada en el
cráneo...
Las Vírgenes
Violadoras llegaron a mi por allá por el 2007. El video promocional que
colgaron en youtube los escupía a la escena guayaquileña, como en una
distorsionada presentación a sociedad: Un personaje engafado disfrazado de
mujer gritaba durante un show, haciendo un contraste sonoro y gráfico oxímoron,
que incluía el montaje de una de sus canciones más suaves “Quiero ser una
Virgen Violadora”. Al poco tiempo escuché comentarios positivos y negativos de
sus conciertos, pero que sea como sea lograron entrar en los oídos de los demás
proyectando sus letras nihilistas, esquizofrénicas e hilarantes, despertando la
curiosidad de más de uno.
A decir
verdad, en un principio no me gustaron, me parecían muy pretenciosos con su
carta de presentación, y su primer álbum no fue algo que me llamó mucho la
atención. Ver la reacción descontrolada de la gente al escuchar sus canciones
en el difunto Old School Pub, me despertó un poco más de curiosidad. Tal vez
era como un “¿será que escuché mal o mis oídos estaban atentos a otro género en
ese momento?”, les di una segunda oportunidad al heredar de mi hermano mayor su
segundo álbum, y fue desde el inicial crescendo de “Q.T.P.D.” que tuve que
detener mi auto y decir “¡mierda!, aquí hay algo”.
El problema
de su aceptación -aunque no creo que sea algo que les quite el sueño- puede
radicar en que muchos no los comprenden o nunca comprenderán, ya sea porque
son muy Punk para los Heavy, o muy Heavy para los Alternativos, o muy New Wave
para los Punks, durante todos sus camaleónicos cambios. Todo esto sin dejar de
ser una banda imperativa, ejecutores de un sonido primitivo pero
interesantemente intenso. Aún cuando su premisa sea la de “Punk del futuro”,
algo que no podría estar más alejado de la realidad. ¿Por qué? Porque no están
inventando nada nuevo.
Con oídos
más afilados y un poco más de búsqueda y análisis a su mensaje, quién sabe si
su fin pudiese ser justamente ese, el de expresar sin remordimiento una broma
pesada a la música “intelectual”, algo que dejaron expuesto desde sus
inicios, pero con rastros visibles de un pasado punk. En efecto, el de su líder
Paolo Thoret (Sor-Bete), quién fue guitarrista por largos años de otro ícono
DIY guayaquileño, Ultratumba, los que no han sabido tener su puesto bien ganado en
los oídos del país, algo que en realidad siempre me pregunto por qué.
De vuelta a
las Vírgenes… su inicio fue caótico y más bien líricamente risible, ya que pudo
llegar a convertirse en una broma pesada bastante infantil, al estilo de Todd
Congelliere, como dejaron claro en algunos de los temas tratados en su primera
maqueta “Internadas en Huigra”. Las huellas de Ultratumba (de quienes
incluyeron un tema reversionado) y sus letras de desgano, chabacanería, y
adolescencia intempestiva (lo cual no tiene nada de malo), plagan y se sienten
en sus primeras composiciones, en temas como “Mi pedo en tu boca”, “Me gusta que
me masturbes” o “Violación en una clase de mecanografía”.
Estructuralmente
como concepto de grupo, desde el nombre provocador, la apariencia de sus
integrantes y los temas escatológicos recurrentes en su primer álbum, lograron
sacudir las cabezas de más de uno. Para mí, un buen inicio para romper la
puerta de tu casa a golpes para entrar y hacerse notar, más no un buen álbum en
su totalidad, aún cuando hay algunas joyas escondidas y que siguen marcando
puntos importantes en su historia como “Monstruo de los Andes”, y la cacofónica
“La última monja en el planeta Tierra”.
Aún cuando
después del primer álbum ya conocimos que les gusta que los masturben, el
concepto de la burla a todo como carta de presentación no nos revela el bajón
emocional que ronda entre sus “Extraños sentimientos” y la suicida “Envenenemos
las aguas del planeta” con su repetitivo “qué más da… un día más, un día
menos”, que además revelan otra faceta que nunca fue expuesta y que hace
apariciones sin freno desde la raíz compositiva. Excelente de principio a fin,
enriqueciendo su repertorio con capas y texturas tanto líricas como musicales,
pero conteniendo rezagos de sus malos chistes, como “Cocoon”, que aunque sea
pegajosa para sus seguidores, a mi realmente solo me patea los huevos, quitándole
el mood al álbum. En algunos de los temas que lo componen, los alaridos
se mantienen, pero la sensación y trasfondo que proyectaron en sus inicios
varía enormemente.
Es en su
segundo álbum en el que ya se empieza a notar la variedad y la mutación de las
VV. Un álbum mucho menos confrontacional y más profundo y ambiguo, en el que se
revelan más historias íntimas de las que se podría esperar de ellos. “Canciones
de amor podrido y sin esperanza” es en sí, una obra que te hace pensar, y no
recomendada para gente que sufre de depresión. Lejos de esto, y salvo de una o
dos excepciones, este es a mi parecer su obra más representativa y mejor
ejecutada. Un álbum que dentro de muchos años podría llegar al status de álbum
de culto.
Luego de una
breve experimentación con su ya famosa “Si te casas conmigo eres puta”, es en
su tercer trabajo, el disco doble “Lado V”, cuando mutan por completo a una
banda New Wave, con influencia directa de la legendaria banda Punk ecuatoriana de los 80s “Descontrolados”, donde el padre de Sor-Bete fue guitarrista, llevándolos aún
más al fondo de estos caminos musicales desconocidos.
La calidad
de audio no es la mejor, debido a su falta de una batería real, pero el feeling del álbum es algo digno de
escucharse. Muy atrás queda la inmadurez (por no encontrarle un mejor adjetivo)
de su primer trabajo para consolidarse como una banda que ofrece mucho más que
una broma de mal gusto. Los temas siguen teniendo los títulos característicos
que buscan llamar la atención, pero en contenido tienen mucho más que decir.
Sea el
género que hayan adoptado en la variedad de facetas musicales encarnadas a lo
largo de su corta historia, no afectan en nada a su genialidad como banda. Nada
de posturas impuestas o categorizaciones en base a géneros, sino una
autenticidad que probablemente es más visible para las personas que conocen a sus
integrantes. Ellos son así porque siempre han sido así.
Si los temas
pasan de sexuales a profundos o burlas que confrontan de manera sarcástica a
drogadictos, emos y al mismo presidente Correa, poseen los componentes
necesarios para crear bases sólidas en sus composiciones. Y aunque la imagen
proyectada podría caer en lo banal o vulgar, las VV se reinventan a sí mismos
convirtiéndose en una contradicción musical como comunicadores de emociones,
sumado a la imagen que proyectan desde su nombre, sin alejarse del objetivo
inicial.
Su participación en
festivales y hasta bandas sonoras de películas no ha sido por coincidencia. La
genialidad de la banda radica en que sus alaridos son justificados, sus sonidos
provocativos y su autenticidad innegable. Las VV son una banda con los pies sobre la tierra, pero que por
momentos levita hasta al status que muchos quisieran llegar, y que aunque sea
únicamente dentro de una escena tan pequeña como la nuestra, no significa -en
lo absoluto- que sea poca cosa.
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